NUESTRA APARENTE RENDICION

Los judíos expulsados de San Juan La Laguna/y 2

Publicado en Marco Lara Klahr

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Como corolario, al final de su conversación con François Granon [Télérama, febrero 15, 1995], Pierre Bourdieu concluía: «Cuando la verdad es complicada —algo que ocurre las más de las veces— solo se la puede exponer de manera difícil, a menos que se termine hablando de otra cosa [...]. Nuestro trabajo reside no solo en ir contra la opinión común y contra nuestras propias anteojeras sociales, sino también [en contra] de utilizar un lenguaje que se oponga a la divulgación de la verdad científica, que es siempre contestataria. Hasta las palabras están preparadas de modo que no se pueda hablar del mundo tal como es».

En dicha conversación Bourdieu problematiza el rol de la industria noticiosa y sus periodistas en el abordaje de los conflictos, y consideré útil traerla a cuento para reflexionar sobre la historia «Indígenas y judíos se pelean en Guatemala», de CNN en Español [agosto 27, 2014].

Desde el encabezado inquietan el enfoque y el lenguaje, de modo que todo el tiempo uno se pregunta si la elegante reportera pensaba en informar, desinformar, entretener, alarmar, contribuir al escalamiento del conflicto o a su desescalamiento, nomás en ganarse la pitanza, ¡o en nada, actuando en automático!

Abordaré lo que considero más significativo:

1) ¿Todo grupo religioso minoritario es una «secta»?

[Las dos primeras acepciones del Diccionario de la Real Academia Española son tan ambiguas que podrían valer para cualquier grupo religioso: «Conjunto de seguidores de una parcialidad religiosa o ideológica» y «Doctrina religiosa o ideológica que se diferencia e independiza de otra», pero la tercera clarifica: «Conjunto de creyentes en una doctrina particular o de fieles a una religión que el hablante considera falsa».]

2) ¿El grupo minoritario judío Lev Tahor —uno de los dos protagonistas centrales de la historia de CNN— realmente practica el «judaísmo ancestral»?

3) ¿Qué implicaciones etiquetantes tiene sostener que las fieles de Lev Tahor usan «velos similares a los chadores iraníes» —además de que esto es parte de su práctica del supuesto «judaísmo ancestral y sus mandamientos»?

4) ¿«Problemas legales» es lo mismo que «procesos legales»?

5) ¿Es «idílico» que un grupo religioso, Lev Tahor en este caso, se exilie en una comunidad maya guatemalteca al considerar que no puede vivir ya en su país de origen?

6) ¿San Juan La Laguna es una «pintoresca aldea»?

7)¿El conflicto obedece, de raíz, a la condición étnica, la cosmogonía y las prácticas religiosas  de Lev Tahor; al apego de la comunidad maya a sus costumbres; a la falta de comunicación y la nula mediación del Estado entre ambas; o a todo entremezclado?

[El subtítulo de la historia revela su respuesta: «La llegada de la comunidad ultraortodoxa Lev Tahor 'choca' con las tradiciones indígenas de San Juan la Laguna».]

8) ¿Qué nos refiere acerca de sus intenciones el que la periodista sentencie, como si tal: «Sus diferencias irreconciliables significan que ya no pueden vivir juntos».

 

Tuve la tentación de transcribir aquí la descripción que hace aquí Bourdieu acerca de nosotros los periodistas en su charla con Granon, pero considero más útil proponer pautas basadas en las metodologías aportadas por el periodismo para la paz, el periodismo preventivo y el periodismo hiperlocal, tres escuelas que nos enseñan cómo cubrir conflictos y violencias de manera socialmente responsable y útil:

1) Extirpar de nuestro ejercicio profesional toda palabra, expresión, comportamiento o enfoque estigmatizante o discriminatorio.

2) Describir comportamientos sociales como lo que son —en este caso, «xenofobia», «intolerancia», «antisemitismo», «ataques de odio».

3) Exponer las opciones para que el conflicto sea encauzado pacíficamente o el riesgo de que derive en violencia.

4) Evitar todo enfoque fatalista en el sentido de que solo hay un camino para el conflicto: el violento —en este caso, «se largan o se largan» es lo que podemos inferir de la sentencia: «Sus diferencias irreconciliables significan que ya no pueden vivir juntos».

5) Enfocarse en las causas multifactoriales del conflicto.

6) Evidenciar la falta de árbitro —en este caso, la ausencia inaceptable del Estado, cuyas instituciones están obligadas a propiciar la transformación pacífica del conflicto.

7) Dar voz a organizaciones, activistas y académicos que propongan una mirada holística de las realidades, sin maniqueísmo, banalidad y alarmismo.

8) Dar seguimiento noticioso al conflicto.

9) Por supuesto, lo óptimo es que los medios noticiosos establezcan ingenierías de procesos editoriales para el abordaje de conflictos sociales y los periodistas asumamos sin condiciones estos y otros estándares deontológicos.

Resuena en mi cabeza: «Cuando la verdad es complicada… solo se la puede exponer de manera difícil».

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Demagogia barata

Gustavo Madero acusó a los medios de atacar al PAN con “difamaciones” y “medias verdades”. Para él, su partido está lleno de virtudes como el defender la “dignidad humana”. La historia lo desmiente.

La desaparición forzada de personas es un perverso invento latinoamericano que flagela a la víctima y mete a la familia en un laberinto de angustia creada por la ignorancia sobre qué pasa con el ser querido; se suspende indefinidamente el ritual del duelo. En 2000 el PAN podría haber grabado su nombre en el Olimpo de los campeones de la justicia. Estuvieron muy cerca, pero recularon en el último momento. El 19 de julio de 2001 Vicente Fox aprobó en Los Pinos dos Comisiones de la Verdad: una desnudaría los momentos cumbre de la corrupción priista; otra aclararía las violaciones más graves a los derechos humanos, entre ellas la desaparición forzada.

La propuesta de las dos Comisiones se la había presentado Adolfo Aguilar Zinser en presencia de los tres coautores (José Antonio Crespo, Clara Jusidman y el autor de esta columna). Fox cerró aquella reunión con una exclamación de “¡excelente!” para luego prometer que “en una semana estarán funcionando las Comisiones” (el texto está disponible en mi página de Internet).

Esa semana nunca llegó. Con el tiempo se hizo público que Fox descartó a las dos Comisiones porque el priismo le prometió los votos necesarios para aprobar una reforma fiscal que tampoco llegó. El premio de consolación fue una Fiscalía Especial (la Femospp) de nombre tan largo como los presupuestos que malgastó. El final fue lamentable porque la PGR de Felipe Calderón perdió los riquísimos archivos de la Femospp. Nos quedamos, eso sí, con una lista de 1,421 desaparecidos en la llamada Guerra Sucia. 

Durante el sexenio de Calderón se multiplicaron los desaparecidos en la guerra de la cual ahora reniega; dice que jamás categorizó el conflicto de esa manera cuando, según una investigación de Carlos Brito publicada en el blog de Nexos (28 de enero de 2011), habló abiertamente de guerra en 57 discursos pronunciados entre diciembre de 2006 y enero de 2011. Al finalizar su sexenio funcionarios de la PGR filtraron una lista con 29,386 desaparecidos; en el gobierno de Enrique Peña Nieto la cifra ha subido y bajado sin que todavía tengamos un número definitivo.

Lo que sí sabemos es que el gobierno panista de Calderón hizo lo posible por ocultar o minimizar la información sobre el enorme costo humano pagado por la sociedad mexicana. En su tedioso e irrelevante libro, Los retos que enfrentamos, (Editorial Debate) Calderón sólo dedica dos frases:  la “búsqueda de las personas desaparecidas” es  “un gran pendiente”. 

Es lamentable que los desaparecidos de dos guerras sólo sean en México un “gran pendiente” cuando en buena parte de América Latina el gobierno y la sociedad han coadyuvado en la búsqueda de resultados positivos al drama de las desapariciones forzadas. Algunas dependencias del actual gobierno (la PGR, por ejemplo) están haciendo esfuerzos pero hay organizaciones de víctimas de las dos guerras que consideran que hay una política deliberada de “desaparecer a los desaparecidos”, de diluirlos en los ácidos del tiempo y la burocracia.

Estos familiares aprovecharon el 30 de agosto, Día Internacional de las Víctimas de Desapariciones Forzadas (fecha aprobada por la Asamblea General de las Naciones Unidas) para presentar al Senado mexicano –por medio de su Comisión de Derechos Humanos– una carta con peticiones muy concretas firmada, acertadamente, por familiares de los desaparecidos de la Guerra Sucia y de la Guerra de Calderón (texto disponible en mi página de Internet).

Cuando presumes, Gustavo, de que el PAN respeta la “dignidad humana” tal vez piensas en los cercanos a ti. El panismo como institución de gobierno no se ha distinguido por atender la dignidad violada de quienes fueron desaparecidos; por el contrario, imitó al PRI en el uso de los silencios, las negaciones o las evasiones. Te sugiero que tú y los senadores de tu partido se reúnan algunas horas con los familiares de los desaparecidos de las dos guerras. Estoy seguro que después de escuchar sus historias respaldarán la petición entregada al Senado de la República.

Esa sería una forma concreta de respetar la “dignidad humana” de víctimas desatendidas; en tanto no se comprometan con hechos como ese, tus palabras, Gustavo, tienen la consistencia de la arena, son demagogia barata.

 

 

 

La arrumbada

Enrique Peña Nieto extrajo del informe escrito y del mensaje pronunciado todo aquello que pudiera afear el tono optimista y motivador. ¿Importa en algo que haya arrumbado en los rincones del discurso el tema de la corrupción?

Hacía tiempo que no estaba presente en la lectura de un mensaje presidencial. Hay costumbres que no cambian. La eficiencia y la pulcritud del maravilloso patio central de Palacio Nacional sirvió de marco para la tradicional fiesta de abrazos, sonrisas y mini-dialógos de quienes amarran jugadas y van prometiendo más desayunos, comidas o cenas de las que pueden humanamente cumplir. De cuando en cuando algún remolino humano avisaba que por determinado pasillo avanzaba cierto poderoso del momento.

El Presidente de la República optó por un texto excesivamente largo que nos regresó al pasado. Elogió los logros, lanzó aplausos a los suyos y enfrentó a los escépticos con una cascada de cifras. A golpe de estadísticas quería demostrar que México está moviéndose a la cadencia que él impone. No todas impresionaron —y hubo momentos en que múltiples manos se armaban con teléfonos inteligentes— como el anuncio del nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México que cosechó una ovación y dos momentos de aplausos en cien segundos.

Enrique Peña Nieto reiteró que México se mueve. Tiene razón, aunque algunos deslizamientos se dirigen hacia el universo de las fuerzas oscuras que fueron metódicamente excluidas del análisis presidencial. Es el caso con la corrupción. En su mensaje de hora y media sólo comentó que habrá una Fiscalía para ese tema dentro de la PGR y en el Informe le dedicó unas cuantas cifras. Por ejemplo, asegura que entre octubre de 2013 y junio de 2014 el gobierno federal recuperó 3,074 millones sustraídos por funcionarios. La cantidad, aunque importante es irrelevante, si se piensa que es  0.2%  del costo que tiene la corrupción cada año. 

En 2012 el Centro de Estudios Económicos del Sector Privado le puso un monto al valor monetario de la corrupción: un millón 500 mil millones de pesos al año (1.5 billones)  o 10% del Producto Interno Bruto. En aquel momento el presidente del Consejo Coordinador Empresarial, Gerardo Gutiérrez Candiani enumeró las consecuencias negativas que tiene para la actividad económica, y en junio de este año insistió en el tema y pidió un “Compromiso Nacional de Cero Tolerancia a la Corrupción y la Impunidad” en el cual deben participar gobierno y sociedad.

A medida que la corrupción se hace más visible y ostentosa, crece la irritación porque todos tenemos historias sobre el efecto nocivo de ese cáncer social en la cotidianidad. Cada día los medios de comunicación nos ofrecen porciones generosas de los latrocinios cometidos por funcionarios y empresarios que siguen presumiendo su impunidad. Resulta totalmente natural que cuando se le rasca a las encuestas encontramos que uno de los motivos de la insatisfacción de las mayorías es la corrupción.

¿Cómo no indignarse cuando, según información obtenida por los tenaces padres de los 49 niños muertos en la Guardería ABC de Sonora —y difundida esta semana por Reporte Indigo­— el incendio fue ordenado por funcionarios del gobierno estatal para destruir evidencia sobre desviaciones de recursos? ¿Cómo no frustrarse ante el cinismo con el cual se comportan quienes practican el arte del moche?  ¿Cómo no desanimarse ante la impunidad de Cuauhtémoc Gutiérrez concedida por consejeros del IEDF que quieren brincar a un cargo similar?

Pese a tanta evidencia, el Presidente optó por arrumbar el tema de la corrupción. La explicación podría estar en que el Grupo Atlacomulco —que actualmente encabeza— ha forjado una versión propia de la vieja cultura de los hidalgos castellanos que consideraban de mal gusto hablar de dinero. Por los motivos que sean, Peña Nieto ha decidido excluir de sus prioridades a la corrupción. La misma indiferencia de José López Portillo, Miguel De la Madrid y Carlos Salinas que fueron condenados por el único tribunal que funciona: el de la opinión pública. ¿Se repetirá la historia?

 

La miscelánea

Más de lo mismo. Gracias a la presión de vecinos indignados, el perredismo en la Asamblea Legislativa del Distrito Federal pospuso la discusión de las Normas 30 y 31 que amenazaban a una ciudad lastimada por el urbanismo corrupto. ¿Se lanzará el PRD capitalino contra la corrupción o sólo está haciendo un reajuste táctico para calmar las aguas y poder lanzarse en “el año de Hidalgo” a desmontar bosques y arruinar colonias y barrios?

 

 

 

Los judíos expulsados de San Juan La Laguna/1

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En las redacciones de noticias discutir sobre la figura del «corresponsal de guerra» tiene su complejidad, porque en el gremio periodístico esta especialidad del reporterismo es sacralizada, al relacionarla con una cierta concepción de: 1) ser periodista, asociada a su vez a la aventura, la adrenalina, la hombría, y 2) el ejercicio de la profesión periodística, visto como valeroso, audaz y militante.

En nuestro gremio es fácil sacar de su centro a cualquiera con preguntas así:

1) ¿Por qué en vez de corresponsal de guerra no enviamos un corresponsal de paz?

2) ¿Por qué, en lugar de entrevistar a un corresponsal de guerra para un reportaje sobre la cobertura noticiosa de conflictos armados, no entrevistamos a uno de paz?

3) ¿Por qué al cubrir un conflicto bélico nos centramos más en la violencia y los actores beligerantes, que en las fuentes de esa violencia, la situación de la población y las víctimas, y la voz de quienes proponen la transformación pacífica del conflicto?

4) Tú, que estás recién salido de la universidad y dices aspirar a ser corresponsal de guerra, ¿por qué no te especializas mejor como corresponsal de paz?

Producen desconcierto mayúsculo, como si quien las formula hubiera perdido el sentido de realidad; renegara de su esencia profesional y la supuesta naturaleza adrenalínica del periodismo; fuera incapaz de justipreciar el valor y la audacia o, simplemente, hablara motivado por la envidia o la necedad.

Parece un tema menor y nada cool, pero es crucial: mientras la exposición al peligro —como si fuéramos, digamos, militares, cazadores, pistoleros, tragafuego, boxeadores o domadores de circo— sea uno de los mayores méritos a los que debiéramos aspirar los periodistas, muchas veces aún por encima de la excelencia profesional y la responsabilidad social, quizás el periodismo nunca deje de ser el eficaz instrumento reproductor de violencia simbólica al servicio de poderes fácticos violentos.

Esta mentalidad gremial —más paradójica que nunca en un momento de la historia de México en el que por sistema se nos violenta a los periodistas— permea nuestro ejercicio profesional no solo en lo tocante a la cobertura de confrontaciones armadas. Johan Galtung apunta que «En general, parecen existir dos maneras de reportear conflictos, el camino bajo y el camino alto, dependiendo de si la atención está centrada en la violencia, en la guerra o en quién gana, o en el conflicto y su transformación pacífica. Los medios confunden ambos e incluso hablan de conflicto cuando en los hechos quieren decir violencia».

Precisa que el «camino alto», o sea, «… el camino del periodismo de paz… se enfoca en el conflicto y su transformación. Existe la amenaza y la realidad de la violencia, pero en la raíz se trata de un conflicto no resuelto que puede conducir a una cadena de venganzas».

No significa que los periodistas de paz eludamos lo escabroso. Tras preguntarse si «¿el periodismo de paz también reporteará la violencia?», Galtung responde contundente: «Por supuesto. Pero reporteará la violencia de todas las partes, y el sufrimiento de todas las partes, no solamente la violencia ajena y nuestro sufrimiento. También alcanzará más profundidad, reporteando las causas y efectos invisibles de la violencia sin caer en la trampa de confundir violencia con conflicto».

Así, al cabo se revela el objetivo de cada periodista. El corresponsal de guerra y, por extensión, el dedicado a conflictos sociales, se concentra en la violencia —y hasta se regodea—, haciendo de ella la razón última de su periodismo, no obstante, añade Galtung, que «Los conflictos con solamente dos partes son abstracciones, como juegos, deportes, juicios legales y guerras que se pueden encontrar en el reporteo de casinos, arenas deportivas, juzgados y campos de batalla. La realidad es diferente».

Por el contrario, «El periodismo de paz —y quien lo ejerce— procura la despolarización de las partes mostrando el blanco y el negro de todos los bandos, y des-escalando mediante un énfasis tan fuerte en la paz y la resolución del conflicto, como en la violencia».

He reflexionado más en todo esto desde que vi por CNN en Español [agosto 27, 2014] el reportaje «Indígenas y judíos se pelean en Guatemala». Habiendo cubierto como reportero innumerables conflictos y revisado durante casi tres décadas y media noticias, crónicas y reportajes que abordaban noticiosamente las violencias, nunca se me había revelado con tal claridad cómo el periodismo, con su frame guerrerista, confunde, desinforma, contrainforma y se convierte en uno de los más potentes mecanismos del poder para el linchamiento social, confiriendo a la industria de las noticias y al periodismo un rol mercenario, alejado del interés público y la responsabilidad social.

Es sintomático el que dicho reportaje comience con una toma de la periodista llegando en lancha a la comunidad maya de San Juan La Laguna —municipio de Sololá—, tal vez dando más la idea de alguien que se dispone a cubrir un asunto turístico o folclórico, que un conflicto social con enorme potencial de violencia y grandes visos de xenofobia.

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Releo una entrevista muy inicial que le hice a Marisela Ortiz y a Alfredo Limas, cuando “eso” venía arreciando. Era un martes y Ciudad Juárez atardecía en el bullicio de sus calles y las luces inequívocas que provoca la puesta del sol en el desierto. Era apenas el 2002, aunque las mujeres asesinadas Juárez ya presagiaban la catástrofe o el “tiempo malo” (como llamó en otra entrevista la madre de Israel Arzate, el joven que fue culpado –injstamente- de la masacre de jóvenes en Villas de Salvarcar, al periodo de la aceleración de la violencia en la ciudad), ya se anunciaba, el país estaba como dormido, jugando al escondite y a la negación: allá eso sucede, no aquí; no pasa nada, no se meten con la gente. Nuestras Hijas de Regreso a Casa, fueron el primer indicio con que topé en mis andanzas como etnógrafa del miedo y las violencias, de que algo no andaba nada bien pero que en medio de lo que ya se percibía como una catástrofe, había una respuesta colectiva, una búsqueda de ser con otras y con otros, de tejer lazos, relaciones, acompañarse en la perplejidad dolida de la muerte brutal y absurda que empezó a caminar el país de norte a sur, de sur a norte, manchando nuestro mapa de lágrimas que se tiñen de rojo y de sangre que se lava con las lágrimas.

En aquella entrevista Marisela dijo: no tenemos miedo porque no tenemos nada que perder, nos han arrebatado todo y somos muchos. Entre aquella conversación y el cuarto aniversario de Nuestra Aparente Rendición, que se cumple este 27 de agosto en un 2014 plagado de preguntas sin respuestas, de madres sin sus hijos, de hermanas sin esposos, de amigos sin su amiga, de maestros sin su alumna, de alumna sin hermano, hay una sola, solamente una cosa que celebrar: lo colectivo que hemos sabido construir, con todo en contra y casi nada a favor.

Y eso es NAR, un espacio colectivo de personas, mujeres y hombres, singulares, distintos pero articulados por una misma voluntad –férrea, indomable-, de hacer ver, de hacer sentir, de construir un espacio que al hablar de la tragedia de otras y de otros, habla en realidad de nuestra propia vida, de nuestra más íntima biografía. No se trata tanto del #NoEstánSolos de los zapatistas –que sigue siendo maravilloso y articulador-  sino más de una inscripción que busca, quiere, trata de activar, todos los días, la memoria; de mostrar que es imposible el abismo de la indiferencia, de construir lazos, puentes, relaciones que nos acerquen más y mejor a esa tragedia que llamamos México.

Por qué estás en NAR, sería una pregunta que admitiría una sola respuesta porque creo en lo colectivo; en las voluntades, cabezas, capacidades, dolores y esperanzas que juntas caminan, vuelan, se hacen poema, video, testimonio, palabra cruda, mapa, estadística, mensaje, guiño. Porque creo que siendo tercas, las personas que optamos por la palabra y el amor, terminaremos por vencer a los señores oscuros. Y, sí. Cuando pensaba en la conmemoración de los 4 años de NAR y en los miedos, en las angustias, en el terror que a veces nos ataca a esta cofradía maravillosa, recordé, otra vez, las lecciones de las madres y padres de Ciudad Juárez, de las y los activistas que han dejado la vida por perseguir la vida: Sí, como dijo Marisela Ortíz: No tenemos miedo, somos muchos.

Y justo cuando armaba estas ideas, estos jóvenes que han dado otro giro al activismo en México postearon este video: Yo Disiento. Sí, disiento.

http://vimeo.com/101678076

No tenemos miedo, porque somos muchas y muchos y tenemos tanto por ganar.

 

 

 

Vídeo relacionado

DISENTIMIENTOS. from osvaldo montaño on Vimeo.

Informe CIMAC sobre mujeres periodistas

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Es explicable que la agenda pública nos avasalle con su marcha vertiginosa y la agenda mediática industrial —su deformador espejo— vaya siempre detrás suyo, persiguiéndola atropellada, torpemente, procesándolo todo en la misma turbina noticiosa —Grupo Imagen Multimedia así le llama a la mesa editorial centralizada: «turbina»—, maquilando sus precarizados periodistas temas fundamentales y coyunturales por igual, como si las realidades y procesos sociales fueran homogéneos, grises, planos, deleznables.

Pero nada justifica que dejemos pasar asuntos que, como gremio profesional de los periodistas, nos atañen y exigen una parada, pues sin reflexión, debate y nuevas ideas no hay cambio ni mejoramiento.

Uno de tales asuntos es la aparición [agosto, 2014] del informe «Impunidad. Violencia contra mujeres periodistas», publicado por la agencia CIMAC y coordinado por Yunhuen Rangel y Fabiola González, bajo el auspicio de la Fundación Heinrich Böll.

Con un carácter técnico, este diagnóstico de 135 páginas revela con toda precisión la manera como el machismo y sexismo estructurales entre la sociedad se reproducen impecablemente en la ineptitud del Estado mexicano para garantizar los derechos humanos de nuestras colegas periodistas a la libre expresión y el debido proceso.

Hace un lustro, en Redacciones en conflicto. El periodismo y la democratización en México [M. A. Porrúa, 2009], por ejemplo, Sallie Hughes aportaba ya suficientes y alarmantes evidencias cuantitativas y cualitativas del machismo en las redacciones de noticias, tanto en la estructura de la institución mediática, como en el tratamiento editorial.

El Informe de CIMAC demuestra que aquel estado de cosas se ha agravado y la impartición de justicia con perspectiva de género no solo sigue siendo inexistente dentro del sistema de justicia, sino que los medios y —tácitamente— el grueso de los y las periodistas le somos enteramente funcional.

«Impunidad. Violencia contra mujeres periodistas» revisa los casos específicos de Lydia Cacho, perseguida por su activismo feminista y en favor de los derechos humanos de las y los niñas, y contra redes de pederastia; Ana Lilia Pérez, víctima de acoso y exilio por su trabajo periodístico investigativo; Regina Martínez, víctima de feminicidio en Veracruz; y la agencia CIMAC misma, en virtud del robo y allanamiento que ha padecido.

A partir de ellos, identifica la investigación, va apareciendo el entramado autoritario-machista que conforman los actores técnicos y políticos del sistema de justicia penal, los mecanismos de protección a periodistas, los medios noticiosos industriales y, implícitamente, el gremio periodístico, y construye, propicia, refuerza e incentiva un orden misógino, uno de cuyos caldos de cultivo más empoderados son las redes sociales virtuales —expresión de la ideología social predominante.

El maestro Johan Galtung me dijo hace algunos años: «Tenemos una prensa hecha para hombres, muy hormonizada». El Informe CIMAC exhibe que las estructuras del Estado siguen «hormonizadas», sin que importen el protagonismo femenino en posiciones clave de los poderes público, político y mediático; ordenamientos como la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia, ni recomendaciones específicas de Naciones Unidas y la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.

Al final, la impunidad: no hay para las mujeres periodistas —como no lo hay para el resto de este grupo social mayoritario— ni libertad de expresión plena, ni derechos a la procuración de justicia, justicia pronta y expedita, a la no tortura, la no discriminación y a no ser sometidas a tratos crueles, inhumanos y degradantes, un juicio justo, la reparación del daño y la verdad —y a la vida, en el caso de Regina Martínez.

«Es obvio, ¿por qué tendría que haber justicia para las mujeres periodistas, si no lo hay para el resto de las mujeres ni de la sociedad?», es uno de los argumentos que más he escuchado entre hombres y mujeres por igual, incluso periodistas.

Mi respuesta: a) Al no garantizarse sus derechos humanos a un o una periodista se afecta mucho más que a la persona —grave de suyo—, se afecta al colectivo; b) en la institución mediática básicamente se reproduce el orden machista, sexista y misógino, y hay que combatirlo; y c) los periodistas tenemos una responsabilidad gremial, sin duda.

El Informe CIMAC nos interpela: especialmente en los casos de Lydia Cacho y Regina Martínez refiere cómo ellas han sido víctimas de quienes ejercieron en su contra violencia directa, pero asimismo del linchamiento mediático, en cuya consumación participaron miembros de nuestro gremio.

Ante el Informe CIMAC, en la parte que nos toca, ¿responderemos como amerita o volveremos a parapetamos en la idea impune de que los periodistas no tenemos por qué rendir cuentas a nadie, porque rendir cuentas afecta nuestra independencia? O tal vez es solo cosa de esperar a que el asunto sea devorado por la turbina.

 

Tuit

No se pierdan «Defensoría pública», en El Observador: Jueves 28, 23:30h, Canal 22.

 

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NUESTRA APARENTE RENDICION | 2010

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