NUESTRA APARENTE RENDICION

Vivir con un hijo desaparecido

Vivir con un hijo desaparecido Yancuic.com

Tener una hija o un hijo desaparecido es la experiencia más terrible de sufrimiento subjetivo que alguien puede vivir. Por un lado, porque cuando un ser querido está en condición de desaparecido o desaparecida la incertidumbre sobre su destino se prolonga indefinidamente y es imposible ponerle un fin mientras esa condición permanezca, pues ni siquiera es posible saber si sigue con vida. Por otro lado, porque tratándose específicamente de una hija o un hijo, su desaparición deja una vida sin realizar, ya quese trata de una vida joven que desaparece: sus posibilidades de realización le son arrancadas al mutilar de tajo sus planes ysus deseos. De tal manera que vivir con un hijo desaparecido es padecer una pérdida interminable que nunca se consuma como tal. Es vivir acompañado por una ausencia constante que nada parece resolver, ni para recuperar a quien desapareció ni para consumar su pérdida, de tal manera que sea posible subjetivarla y continuar la vida para pasar a otra cosa.

En nuestro tiempo la muerte ha podido ser caracterizada como “muerte salvaje”, en la medida en que ha dejado de ser un hecho social, ha perdido su dimensión pública, sus signos ya no están presentes en la ciudad y las muestras de duelo en la familia y en la comunidad han sido excluidas, son mal vistas. El dolor de los deudos debe ser relegado a la vida privada, quedar escondido, el tiempo para los rituales y ceremonias debe ser cada vez más corto, la vida debe continuar a la brevedad posible, no se puede dejar de producir para el mercado.

La desaparición forzadaha llevado todos estos rasgos al extremo, hasta el punto en que ahora es posible hablar de “muerte in-existente”, una muerte que no puede ser declarada, dado que no es posible determinar si alguien desaparecido sigue con vida o ha muerto. Así, las condiciones que hacen posible el inicio de un duelo han quedado radicalmente excluidas. Si en las llamadas “nuevas guerras” –como es el caso de la “Guerra contra el crimen organizado” en México- no es posible distinguir entre guerra y paz, en la desaparición no es posible distinguir entre vida y muerte. Aquí como allá las fronteras se han borrado, introduciendo a la vida humana en un espacio de incertidumbre en el que su precariedad aparece como algo natural e inevitable. Esto revela que la desaparición forzada es el paradigma de la violencia de las nuevas guerras, su muestra más patente;puesto que se trata de guerras que no buscan ser ganadas, sino perpetuadas,el número de bajas no es un criterio decisivo.El factor decisivo en cambio es la gestión del miedo, pilar de una forma de ejercicio del poder en el que el Estado y el crimen organizado comparten estructuras, intereses y modos de operación.

Quien vive la tragedia de tener a un hijo desaparecido está dispuesto “a hacer cualquier cosa para recuperarlo” –ésta es una expresión que se puede escuchar en boca de algunos padres y algunas madres-; los colectivos de familiares de desaparecidos que existen en nuestro país han dado ejemplos reiterados de ese deseo tenaz de encontrar a sus desaparecidos. En su accionar han tenido que enfrentar las condiciones más adversas, a veces incluso dentro de sus propias familias, la mayor parte del tiempo por la indolencia y la complicidad criminal por parte de quienes administran las instituciones del Estado; también por la indiferencia de la mayor parte de los sectores de la sociedad.

Hablando en concreto de los padres de desaparecidos, en México han tenido una participación notoria en algunos colectivos (como el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad y el Movimiento Ayotzinapa), con una mayor presencia que la que en su momento tuvieron en países que también han sufrido masivamente desapariciones, como es el caso de Argentina y Colombia, donde los colectivos han sido tradicionalmente conformados por madres y abuelas.

Los padres que buscan a sus hijos desaparecidos llevan a cabo un ejercicio de la paternidad que no se deja reducir a la llamada "función paterna" que cierto psicoanálisis ha puesto tradicionalmente en primer plano, como la base de una forma de subjetivación que gira alrededor de la regulación del goce. Esta "función paterna" pasa por alto una ley no escrita que esos padres se esfuerzan por hacer cumplir: son los hijos los que entierran a los padres, son los hijos los que sobreviven a los padres y no al revés. Cierta ceguera psicoanalítica (que aplica conceptos teóricos mecánicamente, sin tener en cuenta las particularidades de la sociedad en la que un analista opera) ha impedido tener en cuenta esta ley no escrita, que hace posible la transmisión entre generaciones de una sociedad. Aquí encuentra una de sus fuentes el amor de un padre por su descendencia. Un amor que no es solamente cuestión de narcisismo, como sostenía Freud, sino una de las modalidades en que un padre hace frente a su finitud.

Información adicional

  • Por: : Flavio Meléndez Zermeño
  • Biografía: analista, miembro de la École Lacannienne de Psychanalyse/Escuela Lacaniana de Psicoanálisis. Profesor Investigador Titular de la Universidad de Guadalajara. Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.
  • Fecha: agosto de 2015

NUESTRA APARENTE RENDICION | 2010

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