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Gente random

Gente random Frank Vélez

 

i.

 

Tengo un vecino taxista. A las 7am, cuando bajo a pasear a Wallace en días de semana, él está limpiando su taxi. Si vuelvo a pasear el perro a las 8pm, él no habrá regresado. Igual a las 9 o a las 10. Pero si bajo con Wallace a las 11pm es muy probable que el perro esté molesto conmigo y yo encuentre a mi vecino sacando basura del carro antes de subir. Mi vecino taxista parece barbero. Esto es, me recuerda al hombre responsable de mis primeros recortes. Tienen tres B en común: Bigote, Brillantina, Barriga. Otra: Bonachón. Tiene cara de. De largas horas de espera y disposición. De tener más temas de conversación que el hombre promedio. Los hombres, en promedio, hablan menos en el taxi que en la barbería. Especulo. Yo nunca he tomado taxi en Puerto Rico y en la barbería aprovecho para pensar en las cosas que no pienso cuando viajo en carro o en tren o cuando no puedo dormir o cuando me siento a comer solo o con un café. Hablo en otros momentos: cuando bajo a pasear el perro y me parece prudente practicar qué decir en la diversidad de situaciones imaginables. Como, por ejemplo, en ocasión de tomar un taxi en Puerto Rico por primera vez y encontrarme a mi vecino. Nos imagino hablando del tiempo de espera promedio para que un hombre encuentre a otro—el uno se ponga a su disposición, el otro a su merced. En ocasiones hablo sin parar. ¿Los perros entenderán? 

ii.

Ella empuja un coche doble. Él carga con una mochila a sus espaldas, un bulto cruzado al hombro, otro más pequeño, deportivo, en la mano. Viste uniforme de Colegio. Con minúscula. De un colegio cualquiera. Ella es la mamá. En el coche dos bebos idénticos, vestidos idénticos. El de la izquierda duerme. El de la derecha le sonríe al nene. El nene le está sacando la lengua. La mujer entonces busca atrapar la mirada del nene. Le saca la lengua. Él a ella. Sonríen. El bebo de la derecha aplaude. Ella también tiene una mochila a sus espaldas, otro bulto cruzado al hombro. Más el coche que empujó para entrar al tren. Ahora lo empuja para salir. Escucho al nene decir “mami, dame ese bulto a mí.”

iii.

Cumple una semana y un día sin fumar hoy a las 6:31pm. El último se lo dio mirando un gatito jugar con un ratón arriero. Muchos años antes perdió a su gato Nico en el divorcio. “Que es como perderlo en una tormenta,” dice. Fumadora por más de 40 años, “la relación más larga y estable que he tenido. La más fiel y feliz también.” Para controlar la ansiedad hace rompecabezas. Se rompe la cabeza. “En las historias de mujeres tristes no siempre hay un hombre, pero sí hay algo que se apaga. ¿Tendrás un encendedor?”

iv.

El hombre busca en los bolsillos de su chaqueta, saca una armónica. Primer referente: Neil Young. Segundo: una película cuya trama no recuerdo, donde el niño recibe una armónica como legado del padre. En youtube hay un video de 5 minutos 12 segundos de una canción de Neil Young. Le toma 1 minuto con 37 encontrar la armónica. Se disculpa con el público, hace chistes. En la película, el niño nunca aprende a tocarla. En el ascensor el hombre frota la armónica con su pulgar. No pasa nada.

Cuando niño uno frota objetos varios para descubrirse mago y pasa que uno desarrolla un apego particular hacia ciertos objetos: “The really stupid things, I mean a can of coffee, a 35¢ earring, a handful of hair, what do these things do to us?” Flashback: Mi viejo busca en los bolsillos de su chaqueta, saca una peinilla. Primer referente: una malla rota de canicas. Segundo: un micromachine. Llego al apartamento, me busco en los bolsillos, cuento 35 centavos, los echo en una lata de café: “Old man take a look at my life, I'm a lot like you were.” Siento ganas de peinarme y me desespero. 

Salgo del apartamento, tomo el ascensor. El hombre de nuevo. Inconsolable. Busca en sus bolsillos y nada. Tendrá que volver a subir para volver a bajar. El ascensor como un telón: “We come into the room, the windows are empty, the sun is weak and slippery on the ice And a sob comes, simply because it is coldest of the things we know.”

Decido acompañarlo.

v.

En el piso cuatro vive un ciego. Todas las mañanas lo recoge una guagüita de Transporte Urbano. Usa palito y gafas y sabe cuando te subes al elevador con él sin hacer un solo ruido y te quedas quieto, aguantando la respiración, confiado en que no se ha dado cuenta de que estás ahí hasta que de la nada te pregunta, con un tono burlón, “¿qué piso?”. El ciego sale a pasear con el perro de su hijo (un Wallace mini). El perrito corre en círculos alrededor del hombre, brinca, intenta salir corriendo tras un gato. Es el peor perro guía del mundo. En ocasiones el hombre extiende su brazo hasta los cielos, con la correa en mano y el perrito se sienta frente a él en espera de una instrucción. El hombre se baja y lo soba. Entonces el perrito brinca desesperado y tira de la correa hasta el límite pues tres, cuatro gatos callejeros aprovecharon el momento para acorralarlos. Estúpidos gatos, como si el ciego no los viera venir.

vi.

Rocky es un Shih Tzu. Lleva siete días sin comer. Chispa María es una perrita sata de 16 años. Le encontraron un tumor. La “mamá” de Chispa la trajo a la clínica envuelta en una toalla bordada. Rocky entró a patita. Intercambió miradas con Wallace. No se llevan. Wallace está aquí debido a unas llaguitas en la piel (reacción alérgica). Cinderella, según su dueña, es una “botaera de chavos.” Le acaban de diagnosticar sarna hereditaria. Rocky la huele. Wallace le huye. Chispa está en la falda de su mamá. Gime de dolor o de frío. “Cuando mi hija murió, ese mismo día la rescaté yo a ella.” Le habla como a una hija. Rocky está ladrando. Ahora gruñe. Wallace se quiere trepar en mi falda. “Es casi como tener un hijo,” dice la señora. “Pero duran menos. O más, en mi caso.”

vii.

En mi edificio hay una señora que saca a pasear a su perro en un carrito de compras. “Está viejito.” Otra pasea el suyo en un coche. “Le gusta.” Una de las ruedas del carrito de imprevisto gira hacia la derecha, se atasca. “El carrito es más viejo que el perro.”

viii.

Los gatos de Los Robles duermen en las capotas de los carros, en los mufflers. Duermen en las áreas verdes. En el lobby, si alguno lograra entrar. Envenenaron a ocho de la noche a la mañana. Hay un boletín en el tablón de anuncios. Los gatitos eran inocentes, dice. Inocentes está escrito en tinta roja y mayúsculas, con muchos signos de exclamación. Dos pisos más abajo vive una señora que abre el baúl de su carro todas las tardes para darles comida. Ahora una bolsa rinde más. Tiene que ser devastador.

ix.

Anoche colgaron la foto de una viejita en el tablón de anuncios. Al pie de la foto escribieron DESAPARESIDA. El hombre que espera por el ascensor junto a mí mira la foto con detenimiento. “¿Tú habías visto esto? Es terrible, ¿no?” Retira un bolígrafo del bolsillo de su camisa, escribe una c sobre la segunda s. “Listo.”

x.

No sé si la doña apareSSSió.

 

 

Información adicional

  • Por: : Guillermo Rebollo Gil
  • Biografía: Guillermo Rebollo-Gil (San Juan, 1979). Sociólogo. Autor de los poemarios Veinte, Sonero, Teoría de Conspiración, La Carencia y Sobre la Destrucción. Miembro de la facultad de la Escuela de Ciencias Sociales, Humanidades y Comunicaciones de la Universidad metropolitana de Puerto Rico.
NUESTRA APARENTE RENDICION | 2010