NUESTRA APARENTE RENDICION

Hace frío esta noche. Las hojas cubren las calles como sábanas quebradizas. Salgo a caminar por la ciudad. Voy decidida a tomar la ciudad como una conquistadora. Voy larga, aventurera, y llevo el miedo preciso en la espalda.

No nací en esta ciudad. Sus calles no conocen mis huellas. No trepé sus árboles de niña. No fue este asfalto irregular el que rompió mi diente delantero a los ocho años. No es ésta mi ciudad natal, pero ya llevo tatuado el miedo que permanece entre sus calles, lo llevo en el cuerpo como una patria necesaria. No se puede sobrevivir en los callejones si uno se olvida del miedo. Pero no se le recuerda de cualquier manera. Hay una postura políticamente correcta en estos asuntos. No es tan sencillo. No se puede caminar con el miedo en la cabeza, no, el miedo debe ir en la espalda y de vez en cuando, subir un poco a los hombros, nada más, porque el miedo trepado en la cabeza, ése no te salva, ése te condena a caminar erguido, turbulento, con mirada de pájaro caído, paranoico, alucinado. Miedo que no ayuda y que te encierra tras la puerta, todo el día descalzo, todo el día esperando los deliverys, todo el día trabajando desde casa, todo el día calculando el menor riesgo. Ese miedo no sirve.

Camino discreta por las calles de la ciudad. Pienso en Mario. Hace exactamente seis meses tomó un taxi en esta avenida. Eran las cinco de la tarde y más al centro de este barrio, el taxista fue parando despacito hasta frenar por completo sin que Mario así se lo indicara. Luego entraron dos tipos como piedras en la parte trasera del coche, Mario lanzaba patadas, cerraba la puerta, forcejeaba, y finalmente los tipos ganaron la batalla, le destriparon la cara a Mario, lo golpearon fuerte en los ojos para que se calmara, mientras el chofer manejaba y le gritaba: cállate pinche pendejo… y tanta gente afuera lo vio, tanta gente se quedó mirando el taxi irse, y nadie hizo nada. Nadie hizo nada.

Recuerdo que en esos días odié la ciudad y lloraba pensando en Santo Domingo, donde la gente aún se pelea por un desconocido, donde todavía la gente sale a ver qué carajos pasa, sale a meterse en lo que no le importa y esa indiscreción salva vidas, seguramente. Mario no murió, pero estuvo en el hospital por varios días y casi queda ciego de un ojo. Le robaron diez mil pesos de las tarjetas bancarias y la señora que lo atendió en el banco le dijo que no podían hacer nada porque él dio sus números secretos a los ladrones, y si alguien tiene el NIP de las tarjetas, simplemente puede sacar el dinero. El NIP es secreto, le dijo, y bajo ninguna circunstancia se puede informar a nadie de ese número. Mario le preguntó si debió permitir mejor que lo mataran a cuchillazos, pero ni la señora ni nadie más respondió esa pregunta en el banco, y se hizo el silencio para Mario. Ese silencio que también negocia con la violencia, que es su cuate, su amigo de parrandas, su encubridor. Ese silencio es la espina dorsal de la nueva indiferencia. La gran indiferencia en la gran ciudad.

Este lugar en el que camino, la nueva comunidad de los solos, el nuevo libro de la desesperanza, este lugar es una cueva oscura. Nadie te mira a los ojos porque ahí está el miedo. Es un pantano lo que camino esta noche, y a cada paso se va contaminando en el silencio, se va quedando flaco y desolado, y asisto cada día a la elevación de los muros, a la construcción de los refugios; hogares donde la violencia, se cree, sólo podrá ingresar convertida en lluvia, como cuando Zeus preñó a Dánae. Y no es cierto. Uno sabe que no es cierto. La violencia roe las paredes como una rata hambrienta.

Estamos en el camino de los solos. Somos hombres y mujeres cuya habilidad primaria consiste en poder mirar el horror de frente, mirarlo fijamente, a veces con sosiego, y luego dormir, comer, y reír y cantar, y llorar por otros horrores más particulares. Nada protege nada, ni las compañías de seguros, ni las mansiones cercadas por el agua, como en la época feudal.

Imagino que en esta noche solitaria alguien camina afuera como yo. Alguien seguro de que ese mundo violento está en otro lado, en el infierno lejano, en esas casas donde nacen, crecen y mueren monstruos desconocidos, hombres enfermos que mutilan incluso la muerte, que salen en la tele, que descuartizan brazos, hígados, pezones, como si cada cuerpo fuera una casa vacía y abandonada. Como si nada en la sangre de esos muertos pudiera reflejarse en un espejo. Hombres alejados del cuerpo, del ritmo natural del cuerpo, del baile de los cuerpos, del libro de los cuerpos. Pero uno sabe que esa frontera del infierno es muy sutil y que, como los objetos en los espejos retrovisores del auto, está mas cercana al hogar de lo que se ve. Esos hombres violentos han nacido también de nuestros vientres.

Somos los nuevos países cuyas economías y calidades de vida se sustentan en aquello que destruye más y más rápido. Las drogas, las explotaciones sexuales, laborales, migratorias, el miedo, el robo, la inseguridad, la violencia. Yo llego a casa esta noche, llego segura, no tengo heridas ni intentos de robo en la bolsa; conecto mi celular para cargar la batería, y no pienso, no recuerdo, no quiero saber nada de los niños asesinados en las minas de coltán en África. Llevo una indiferencia en los huesos de la que no sé cómo evadirme.

Hölderlin escribió: ¿para qué poetas en tiempos de penurias? Si el hombre da testimonio de su paso sobre la tierra mediante la palabra, ¿qué palabras usar para decir esta violencia que todo lo transfigura? La violencia desintegra todo como un cáncer. Pero ¿qué dice la violencia sobre nosotros? En los periódicos se publican fotos de hombres asesinados. Sus cabezas se ven abiertas sobre el asfalto y allí hay un discurso sobre lo que somos.  Allí existe una saciedad que nos corroe; nos oxidamos, nos hacemos duros y odiamos la intemperie, lo vulnerable. Allí hay una necesidad que desconocemos pero que se hace implícita cuando el deseo por ver el horror emerge.

Hace unos meses, una poeta empezó a escribir un libro sobre un pueblo desesperado por encontrar un escriba. Un pueblo sin palabras, con el lenguaje deshabitado, un pueblo sin poetas. En ese libro, fue necesario que el escriba escuchara la voz de los hombres enfermos, de los desesperados, del hombre que huye siempre de los caminos, de la mujer que deja caer de los brazos a su hijo recién nacido, del hombre más violento. Hombres huérfanos de la poesía. La poeta escuchó sus voces por noches enteras, escuchó sus gritos y asistió a ellos, no para decir en el libro el origen de aquel pueblo violento, sino para iluminar esa oscuridad vacía, donde ya no es posible el lenguaje o el diálogo con los dioses. Si el poeta, como la idea de Hölderlin, es un mediador entre los hombres y los dioses, ¿será necesaria la poesía en esta ciudad tomada por el ritmo de la violencia?

La poeta aún no ha publicado su libro.

Yo estoy en la cama. Duermo. El teléfono suena. Tengo todas las ganas de no tomarlo. Sé cuál es esa llamada que insiste. El timbre suena distinto cuando se trata de emergencias o de cosas que no se esperan. El timbre me paraliza. Son las doce de la noche y yo tomo el auricular. Bueno... digo yo… mamá, ayúdame, por favor, mamá, ayúdame, te lo ruego… grita alguien del otro lado. Olvido muy fácil, pero estoy segura de que no soy madre. Cuelgo el teléfono y siento la taquicardia llegar presurosa, sentarse a mi lado y esperar algún movimiento en mi cuerpo, algo que señale que estoy asustada. Es la tercera llamada en esta semana. La chava que grita por mi ayuda, y dice que soy su madre, todavía sigue allí en el teléfono público, presa del pánico. Ella sigue en ese lugar donde le permiten una llamada y me llama a mí. Ha llamado tres veces. La imagino secuestrada por unos segundos, pero mi paranoia defeña se apresura a desmentir esas imágenes. No hay nadie secuestrado al otro lado. La llamada es igual a las demás. Hasta presiento, si recuerdo el tono con perfección, que el grito es de un hombre que imita a una mujer y lo hace bastante bien. Es el mismo número desconocido en la pantalla de mi teléfono, la misma desesperación simulada. Es una extorsión telefónica que no llega a su fin porque mi mano cuelga el teléfono cada vez que escucho gritar que soy yo la madre a la que le imploran.

Al colgar, debo aceptarlo, me pregunto si soy un cadáver más de la indiferencia, del miedo, de esa violencia silenciosa en la que, seguramente, he muerto más de una vez. Yo también dejé que golpearan a Mario en el taxi y no hice nada, permití que lo tildaran de loco en el banco y le pregunté, cuando se quejaba de que nadie hizo nada para ayudarlo: ¿y qué puede uno hacer?

Sé que tengo mis deudas y mis aportes con este mundo de los solos. He construido mis diques particulares en los que me siento “a salvo”. Tengo una casa con paredes blancas y retratos de mis padres, y música en el ipod. También tengo el sonido del microondas que dice que ya está caliente mi té y que, posiblemente, dormiré en paz esta noche.

Información adicional

  • Publicado originalmente en:: Ariadna Vásquez Germán
  • Biografía:

    (República Dominicana, 1977) Ha publicado los poemarios Una casa azul, (Editorial Ángeles de Fierro, Rep. Dom. 2005), La palabra sin habla (Tintanueva Ediciones, México, 2007), y Cantos al Hogar Incendiado (Editorial Praxis, México, 2009), así como la novela corta Por el desnivel de la acera (Editorial Praxis, México, 2005). Es columnista outsider de Revista U en la República Dominicana. Sus poemas han sido publicados en las antologías Safo: Las más recientes poetas dominicanas (Editorial Ángeles de Fierro, Rep. Dom. 2004), en 4m3r1c4 Novisima Poesía Latinoamericana (Ventana Abierta Editorial, 2010) y Caminos inciertos del Centro de Estudios Poéticos en España (2010). Así como en las revistas digitales Isla Negra, Cielo Naranja, Ping Pong y en el suplemento digital del periódico dominicano Listín Diario. Este año fue galardonada con el Premio Nacional de Cuento Joven de la Feria del Libro de Santo Domingo (Rep. Dom) por su cuento Vulnerable en voz alta. Sus cuentos, El dorso de los días y Ángeles, han obtenido menciones honoríficas en elConcurso Internacional de Cuentos de Casa de Teatro (Rep. Dom.). El cuento El dorso de los días fue incluido en la antología Onde, Farfalla e aroma di caffe: Storie di donne dominicane que fue publicada en Italia por Edizioni Estemporanee (2005). Es miembro fundador de la revista mexicana El Puro Cuento (2006). Asimismo, su relato Naufraga en Náxos fue seleccionado para la antología El fututo no es nuestro, nueva narrativa latinoamericana, publicado en Argentina, Bolivia, Chile y próximamente en Estados Unidos. 

Más en esta categoría: Memoria y feminicidios »

NUESTRA APARENTE RENDICION | 2010

Top Desktop version