NUESTRA APARENTE RENDICION

El campo minado de la memoria

Hubo un tiempo en que creí vivir ajena a la violencia, y hubo otra época, más tarde, en la que comprendí que aunque no la hubiera vivido en carne propia esta no me era del todo ajena. Seguí intentando convencerme, sin embargo,  de que en mí no había tenido ningún efecto. Ninguno. La violencia militar, pensaba, había pasado por mi lado –todo un huracán de clavos y esquirlas– sin herirme a mí ni rasguñar a mi familia. Todo parecía calmo (como seguro lo parecen los campos minados). Nadie que yo conociera había sufrido detenciones ni desapariciones. Nadie había sido allanado. Interrogado. Torturado. Nadie a mi alrededor cuestionaba lo que entonces se decía, o, más bien, lo que alguna gente decía: que la violencia, de existir, le tocaba a otros que seguro lo merecían. Algo sin duda habrían hecho. Pero qué podía haber hecho nadie para merecer el horror de la violencia física o la muerte violenta. Tengo una imagen exacta del silencio que suscitaban esas preguntas. Un silencio que consistía en restarle o robarle palabras a la realidad para que no existiera. El silencio era el escudo ante la represión y el escudo de quienes temían indagar en la verdad, pero era también una estrategia para deshacerse de ella. Se volteaba la cara, se hacía la vista gorda, los oídos sordos, se cerraba la boca. Asocio ese silencio socavado por rumores con los espacios cercados de la infancia –una habitación solitaria donde empecé a escribir, la casita de ladrillos pintados de blanco en un barrio de clase media (lejos del centro o epicentro del peligro, ahora devorado por la ciudad en su incesante expansión), un colegio privado que mis padres (tan aterrados como sobreprotectores) pagaban con esfuerzo y a veces con multa. La vida cotidiana (y hablo de la mía aunque no únicamente), mi día a día estaba regido por un orden riguroso y una también rigurosa censura. Pero ese orden férreo se fue fracturando a lo largo de los años. Pese a los esfuerzos de los militares por ocultar la evidencia material de sus crímenes, a cinco años del golpe, en 1978, aparecieron las primeras osamentas: cuerpos acribillados y lanzados a los hornos de Lonquén. Yo era demasiado joven y no lo recuerdo, pero comprendí años después que ese hallazgo había venido a certificar la existencia de las violaciones, convulsionando la comodidad del no saber nada. Empezarían a aparecer los rostros de los desaparecidos en los carteles de sus deudos. Las mujeres que no aceptaban proclamarse viudas hasta no recibir los cadáveres, las madres exigiendo a gritos saber dónde estaban sus hijos. A falta de armas se iba debilitando la consigna (militar) de que había habido una guerra civil en Chile y bajo los focos comenzaba a brillar la palabra exterminio.

La violencia de la dictadura, que en su origen impactó frontalmente los cuerpos de los ciudadanos, desnudados por decreto de sus derechos, negados la oportunidad de una defensa jurídica, culpados  de insubordinación, de traición, de terrorismo de Estado, esa violencia política fue transitando hacia la violencia de la economía (que se cierne también, aunque se otra manera, contra los cuerpos). Pinochet y su junta y sus economistas formados en Chicago habían importado de los Estados Unidos e impuesto en Chile un sistema de libre mercado que no sólo demolió la solidaridad allendista sino que afinó la ecuación entre rebelión y pobreza. El pueblo era revolucionario por defecto, porque no tenía nada que perder, porque vulnerable y desasido de toda clase de protecciones sindicales e institucionales se volvía (en esto coincidía la derecha militarista) más proclive a la protesta y la pedrada de la desesperación. Cuando se desató la crisis de 1981 (de ésta sí tengo memoria) los caceroleos metaforizaron el hambre como efecto de un sistema impune e implacable con el pueblo. Los caceroleos quebraron, como desentonadas campanas de lata, el rumor asordinado de sucesivas noches en toque de queda. Los atronadores golpeteos en las ollas vacías, las voces reclamando un fin a la dictadura en el anonimato de la oscuridad, fueron detonados por una de las debacles cíclicas del sistema económico neoliberal. Se había venido al suelo la canasta familiar y con ella la conservadora doctrina pinochetista sobre la familia ejemplar, la del padre proveedor, la de la madre que sacrifica la participación en vida pública para servir a los hijos de la patria. Era violento pasar junto a los bloques construidos en la época de Allende, muy cerca de mi casa, y saber que tantos padres habían perdidos sus puestos. Era violento saber que eran las madres quienes habían tomado las vacantes por la mitad del sueldo. Violento pensar que sus hijos no tenías más que té con pan para dar vuelta el día. Quizá era los hombres de esos bloques vecinos quienes aparecieron un día para picar las veredas de mi barrio y taparlas, abrirlas otra vez y poner otro cable u otro tubo y volverlas a cerrar, y así muchas veces por el miserable sueldo mínimo de la empresa privada que la dictadura solventaba, procurando mantener ocupadas esas manos desindicalizadas a un costo también mínimo. Había militares apostados en las esquinas.
El firme cascarón de la dictadura se resquebrajaba y yo pude contemplar cómo operaba en un territorio que se suponía protegido. En medio de la debacle de los años ochenta muchos compañeros tuvieron que retirarse del colegio porque sus padres ya no podían seguir pagando. Ese colegio era, entonces lo comprendí, otra empresa privada que, como el ejército chileno, no sólo promulgaba el orden, el respeto de los principios, la imagen de virtud y decencia, sino que se regía, aun en casos de excepción, o quizá sobre todo en ellos, con la misma lógica metafórica y material del nuevo Chile.
En ese tránsito me volqué a una adolescencia llena de preguntas incómodas que no encontraban respuestas apropiadas. Preguntas que golpeaban dentro de mí como un eco desquiciado y que de pronto encontraron un lugar donde materializarse. En una imagen inesperada. En unos versos sueltos, acaso los únicos que recuerdo, sobre una muchacha que no podía dormir desvelada por el ruido de unas uñas largas y lejanas que se rompían rascando por dentro la tumba en la que estaba enterrada, aún respirando, una mujer desconocida. Ahora pienso que ahí se recogía algo que estaba en el aire, un sentimiento colectivo. Los desaparecidos eran muertos vivos, fantasmas urbanos, que interpelaban a los chilenos durante el sueño. La violencia se había ido filtrando de manera efectiva, el horror había encontrado su modo de instalarse en la conciencia como lo hace también la realidad en nuestras pesadillas. Porque la violencia no es sólo una experiencia concreta, vivida en el cuerpo propio o vislumbrada en el ajeno; la violencia es un efecto, resuena desde una punto del tejido social hasta alcanzar, al ser pulsada, al detonar, a cada uno de sus miembros. Se desplaza desde la materialidad del cuerpo que la ha sufrido (y a veces ejercido) hasta volverse un daño síquico.
En su forma de trauma del pasado la violencia se ve siempre lanzada (una granada portando esquirlas) hacia el futuro. Porque el tiempo de la violencia no termina con su ejercicio sino que queda reverberando para siempre en la cultura. Y es la cultura, conjeturo, la encargada de recoger sus destrozos, sus dolores, los escudos que la sociedad y los individuos también construyen para protegerse de ella. La cultura, mediada por infinitos productores de discurso crítico, se dispone a resistir y revocar el horror estableciendo, desde la palabra y su poderosa dimensión performativa, una política de la memoria. Quiero decir que cada crisis histórica, cada activación de formas diversas de violencia (material, física, síquica) ha requerido, para contrarrestarla, de la decisiva acción individual y colectiva de intervenir el presente mediante la recuperación de una memoria de los hechos. Mediante el acto de establecer, institucionalizar incluso, una narración constituida por historias mínimas, minoritarias, que la comunidad acepte como propias para darle curso al trauma social desencadenado por la violencia. No se trata simplemente de juntar los fragmentos sino de mostrarlos en su dispersión, en el efecto primordial del quiebre. Una política de la memoria entendida como ejercicio de resistencia frente a la imposible comodidad del silencio o del olvido que se escudan bajo la premisa de la conveniencia social y hasta emocional. Porque el olvido, lo aseguran sus expertos, constituye un crimen que vendría a sumarse de manera cómplice a los asesinatos, torturas y represiones ejercidas por los gobiernos de la violencia –los que la ejecutan y los que la permiten para que otros cumplan sus objetivos de muerte.
La gesta cívica de esa recuperación en Chile se realizó, concretamente, políticamente, mediante la composición de dos informes que reunieron y dieron cuenta de la magnitud de la violencia. Se restituyó la verdadera historia de los desaparecidos y torturados. Pero aun antes de esos informes había habido gestos tan minoritarios como simbólicamente contundentes de intervención pública. Para que la memoria pudiera constituirse había que abrir la lectura a infinitas cartas de petición que calladamente los familiares habían escrito durante años a las autoridades solicitando información sobre los suyos, y no sólo esas cartas archivadas por la Vicaría de la Solidaridad sino otras formas de testimonio manuscrito, textos  crepitantes reunidos, atesorados incluso, para protegerlos de las manías destructivas del poder. No sólo había manos escribiendo contra una cierta historia oficial sino que la cultura de la calle se agitaba. Estaban los murales de la brigada Ramona Parra, las intervenciones urbanas y aéreas del Colectivo de Acciones de Arte, CADA, las transgresoras reivindicaciones sexuales de Las Yeguas del Apocalipsis: todas ellas valerosamente puestas en escena en los años finales de una dictadura que iba perdiendo fuerza. Subvirtiendo los dispositivos oscurantistas del periodo que ahora se recuerda como “apagón cultural”, los poetas y narradores del exilio interior fueron produciendo textos que, aunque escritos con la censura encima y la autocensura dentro, se sumarían a las obras que testimoniaron ese Chile desde el exilio exterior. Fueron estos los textos que permitirían hacer una historia alternativa, recuperar una memoria propia, reconstruir el desolado campo simbólico de esos tiempos. Leer, entonces, los textos rotos de esa generación que me precedía fue un modo de acabar con el efecto amnésico y amordazante de la lógica militar; me permitió calibrar el funcionamiento pernicioso de las técnicas del olvido, los usados por la dictadura, primero, pero luego también desde ciertos sectores conservadores y conciliadores de la democracia en su transición.
La literatura no trabaja contra la violencia aunque sí permite ponerle palabras y revelar sus efectos, ponerle palabras y desnudarla, encontrar una manera de materializarse en el espacio simbólico. Conmover pero no dañar. Agitar la memoria pero no perpetuar el deseo de la violencia. Constituirse como evidencia en el afuera del cuerpo. Y acaso el relato quebrado, figurado, sea la manera más eficaz de escribir esa memoria en la literatura. Porque imponerle a la literatura una memoria de los hechos de manera directa, trabajar con el testimonio como modelo exclusivo de la experiencia; trabajarla con el programa de la corrección política, pensar el texto como proyecto didáctico, escribir desde el ángulo más aplacador de la denuncia, podría volverse, en su repetición, un procedimiento vacío, despojado de imperativo perturbador y crítico del hacer literario: un relato destinado a satisfacer el morbo de la violencia y un sentimentalismo superfluo que el mercado promueve en una de sus tantas contorsiones. Hacer memoria desde la literatura no sólo implica, a mí juicio, volver sobre la evidencia sino entrar a los hechos desde esquinas improbables, acusar la inestabilidad de sus efectos colaterales, resonancias simbólicas aun no codificadas por la cultura; implica hurgar en las lógicas sutiles pero implacables que tanta violencia impune instaló en nuestro imaginario, su modo a veces sutil de actualizarse. La violencia como bomba de tiempo, la violencia como mina sembrada que espera el paso inesperado de un ciudadano cualquiera para  activarse y estallar. Toda esa violencia latiendo en la oscuridad.

 

Información adicional

  • Publicado originalmente en:: Lina Meruane
  • Biografía: (Santiago de Chile, 1970) es escritora y ensayista chilena. Además de una producción cuentística publicada en antologías y revistas en español, inglés, alemán y francés, su obra de ficción incluye la colección de relatos Las Infantas (Planeta 1998, Eterna Cadencia 2010), así como las novelas Póstuma (Planeta 2000, traducida al portugués por Oficina do Livro, 2001) , Cercada (Cuarto Propio, 2000) y Fruta Podrida (FCE, 2007). Esta última obtuvo el Premio a la Mejor Novela Inédita del Consejo Nacional de la Cultura y de las Artes de Chile en 2006. Ha recibido becas de escritura del Fondo de Desarrollo de las Artes (Chile 1997), de la Fundación Guggenheim (USA 2004) y de la National Endowment for the Arts (USA 2010). Doctora en Literatura Hispanoamericana por la Universidad de Nueva York, ha sido profesora visitante en Wesleyan University y en Fordham University, e imparte cursos en el Máster de Escritura Creativa en Español de la Universidad de Nueva York.

NUESTRA APARENTE RENDICION | 2010

Top Desktop version