NUESTRA APARENTE RENDICION

Una cuestión de perspectiva

La cabeza le retumba por dentro y la caja de las herramientas se le clava en los riñones. El viejo intenta acomodarla maniatado por la espalda con su propio cinturón, pero no queda espacio. Tan grande que le parecía el baúl del coche para cargar la bicicleta del nieto o hasta cuatro valijas con toda comodidad y ahora lo ve como un sarcófago diminuto. En posición fetal la perspectiva cambia.
Ya tiene una edad, es lógico. El reuma le manda señales intermitentes desde las rodillas. También siente un tirón en las cervicales y además se le está clavando algo frío y puntiagudo en la oreja derecha. ¿Qué carajo será? Si pudiera enderezar el cuello, no vería las estrellas con cada uno de los pozos que agarran estos pendejos[1] atolondrados.
Pero lo peor de todo no es eso. Lo peor es el olor a guano[2] que suelta la bolsa de lona con la que le han encapuchado la cabeza. Es de un tejido demasiado apretado que casi no deja pasar el aire. La tela se le pega a los labios a cada bocanada. Entre eso, el olor a mierda y la humedad de su propio aliento se está sofocando. Estos pibes no tienen ni idea de lo que están haciendo. Mejor que le saquen la capucha cuando antes porque se va a asfixiar y se les va a torcer la jugada.

Son dos villeros[3], está seguro. Y pendejos encima, no tendrán más de veinte años, pero fuertes. Los vio de reojo cuando sacó el coche del garaje. Se bajó a cerrar con candado el portón y lo sorprendieron por detrás. Se quedó paralizado cuando sintió el filo en la garganta. Después le cayó el garrotazo que lo dejó medio tarado, le pusieron la bolsa, lo maniataron y lo metieron al baúl. Pero no perdió el sentido en ningún momento.
Fue un descuido. Los podría haber corrido con un gesto, pero se confió. Ni siquiera iban calzados. Y ahora fijo que sí. Ya deben haber encontrado la automática que lleva en la guantera. Se la tendría que haber enseñado cuando se bajó a cerrar el portón, como hizo con el morocho[4] que le quiso robar el auto la otra vuelta, y se hubiera ahorrado este paseo. Porque estos negritos de mierda no quieren sólo el coche, lo quieren a él. Por eso lo cargaron.
Si no se estuviera ahogando, si el miedo que reprime a conciencia no hubiese empezado ya a roerle las tripas, el viejo se lo tomaría a risa. Desde que se puso de moda el secuestro exprés, él sigue con interés las crónicas de los diarios y de la tele. Las variantes son infinitas, pero todos los casos tienen algo en común: el nivel de improvisación con el que los despachan. Los negros son de cuarta y eso al viejo le hace gracia. No tienen ni puta idea de lo que es un secuestro extorsivo como dios manda. Levantan cualquier cosa: amas de casa, chicos a la salida del colegio, jubilados, laburantes… y se los llevan a la villa. Con suerte embocan a algún yuppie y se van derecho al cajero automático. Pero por lo general, la mecánica es mucho más arbitraria. Dejan suelto a un pariente que cae en la volteada o avisan a algún otro como sea para que les traigan la platita. Y así les sale…
En un par de horas lo sueltan, reciban o no la guita, piensa el viejo cuando se detiene el coche y se apaga el motor. Así como no perdió el conocimiento, tampoco la noción del tiempo. Y juraría que no hace ni cinco minutos que salieron de casa. Diez a lo sumo. Parece una broma. Tienen que estar en la villa de atrás del club de regatas, no hay otra más cerca. Se abre el sarcófago y le cae un palazo en las costillas. ¿O será una patada? No lo sabe. Pero sea lo que fuere, duele. Además escucha el quejido prolongado que se le escapa con el golpe y eso le angustia. Es una sensación rara, como si pudiera desdoblarse y fuera él el que le pegara a ese viejo indefenso embutido en el baúl.
Lo manotean del sobaco y del forro del culo y lo sacan para afuera. Se le engancha un pie en el canto del maletero y se va de jeta al suelo. Recibe unos cuantos golpes y escucha la voz de los villeros por primera vez.
–¿Sos poronga[5], vos, viejo? ¿Qué hacés con semejante fierro encima? –El que habla le clava el caño de la automática en el cuello.
–¿Sabés lo que hacemos nosotros con los que se hacen los pesados? –Le dice el otro y, por supuesto, no espera una respuesta–. Les rompemos el orto, viejo puto. Así que andá preparando la colita…
Entre los dos lo levantan del piso y lo arrean unos metros a los sopapos y alguna que otra patada en el culo.
–Caminá derecho, pistolero. –Le cae un manotazo en la oreja a último momento para corregir la dirección, pero es en vano.
El viejo pega con el hombro en el quicio de una puerta, trastabilla con algo, un cajón o una silla, y cae feo. Cierran de un portazo, que a él le suena como a chapa de zinc, y recibe otra patada justo en la boca del estómago. Ahora sí que se ahoga en serio y no sólo por culpa de esa bolsa de lona hedionda.
–Ya que sos tan groso, ahora te vamos a subir el rescate. Cinco luquitas[6], ¿qué te parece, viejo…? Y si no pinta la guita en tres horas, te vaciamos el cargador de tu maquinita y te tiramos a una zanja, así de fácil.
–Eh, locura, no te olvidés que antes le tenemos que romper bien el culito por ir de zarpado[7] –le dice el otro. Y el que lleva la voz cantante se ríe mientras le vacía los bolsillos.
–Sacame la bolsa que me estoy ahogando –le pide entre jadeos y toses.
–Cómo no, jefe, lo que usted diga… –Le responde el villero.
De hecho, le levanta la bolsa hasta la altura de la nariz, pero acompaña el gesto con una regia trompada en la mandíbula que le hace rebotar la cabeza contra el piso. El otro mientras tanto le amarra los tobillos con un alambre.
Y a pesar del guantazo, el viejo lo valora. Quién le dijo que después de tantos años iba a experimentar en carne propia la diferencia entre la capucha cerrada y a media asta como la lleva ahora. Es otra cosa, no cabe duda. No sólo porque puede respirar sin problemas, sino porque la tumba de oscuridad se deshilacha con la claridad que se cuela por debajo y la sensación de aislamiento es más llevadera. Incluso puede ver, bajo el borde de lona, una porción chiquita del suelo de cemento.
Durante unos segundos, cuando lo traían al interior de esta casilla o rancho en el que está tumbado, el viejo llegó a pensar que se trataba de otra cosa. De una revancha o algo por el estilo… Pero el villero enseguida le ahuyentó la pesadilla que lo persigue desde hace tiempo al decirle que iban a subir el rescate. Cinco lucas… Cinco mil dólares, qué negros de mierda, muertos de hambre… ¿Cuánto pensaban pedir? ¿Menos que eso? ¿Tan poco vale?
–Bueno, ya estamos… Dale, sorete[8], cantame el número de la vieja chota –le dice el negro manipulando su celular.
El viejo reconoce el sonido del teclado. Y ya con aire en los pulmones se lo juega todo una carta, sin pensarla dos veces.
–No me lo acuerdo –dice.
Le cae una lluvia de golpes y amenazas. Cuando amaina la tormenta, siente que se le aflojan los esfínteres. Se mea y caga encima, no lo puede evitar. Le clavaron una patada en la vejiga y otra certera, justo en la columna, que le dio un chicotazo de electricidad hasta el ojete. Le pinzaron algún nervio... Es por eso, no tiene miedo, se justifica, pero igual siente cómo le arde la cara bajo la lona de vergüenza o humillación.
Los negros se dan cuenta de la incontinencia y le largan otra tanda de golpes, le escupen y lo basurean. Él, de todos modos, ya está lanzado y ahora no puede recular. Entre atoros y gemidos repite que de verdad no se acuerda del número, que no le peguen más y lo busquen en la agenda del teléfono. A su señora la tiene como Bruja, que la busquen en lugar de pegarle al pedo, les dice en una especie de ruego lastimero. Al sentir su propia voz le da asco y otra vez se desdobla. El viejo casi puede verse desde arriba, entre patada y patada, ahí tirado en el suelo puchereando con la bolsa en la cabeza.
La mentira canta sola. Huele peor que la mierda que le mancha los pantalones. Él se da cuenta. Pero estos negros no, porque son dos perejiles. Se merecen un corchazo en la frente por pelotudos. Si él estuviera en su lugar, al tipo lo haría cantar como si fuera Julio Sosa. De mentira a verdad, dándole cada vez más rosca, hasta sacarle todo. El número de teléfono, el código secreto de las tarjetas, los misterios del espíritu santo… Lo que hiciera falta.
Pero a él no le toca hacer las preguntas, sino responderlas. Y a los morochos tampoco les da la cabeza para más. Por suerte. El que lleva la voz cantante encuentra finalmente el número en el celular y le ordena al otro que pare. Se agacha y le explica al viejo con calma qué tiene que decir. Se lo repite, palabra por palabra, y el encapuchado asiente. Marca el número, lo deja sonar un par de veces y se lo acerca a la oreja. Por debajo de la lona. Un detalle que al viejo casi lo conmueve. Le está saliendo todo a pedir de boca.
Cuando la Bruja Gorosito atiende, él arranca con el monólogo como si nada.
–Mi vida, soy yo. Escuchame, me secuestraron.
–(…)
–Sí, secuestrado, pero estoy bien.
–(…)
–Sí, tranquila. Hacé lo que te digo, porque si no, me van a matar. Escuchame…
Del otro lado de la línea, Gorosito vence el primer desconcierto y se pone alerta. “¿Sos vos, Nene? Cuánto tiempo… ¿Qué carajo te pasa? ¿En serio me estás hablando?”
A pesar de los años que han pasado, ambos se siguen llamando por el nom de guerre que usaban de muchachos en la vieja guardia. La Bruja es un poco mayor que él, pero hasta donde el viejo sabe el compañero todavía sigue operativo. Aún trabaja en el gremio haciendo de custodio los fines de semana para un juez que está prendido en todas. El viejo le pasa las instrucciones y el otro no pierde detalle.
–Apurate porque queda poco tiempo. Sacá toda la plata de las dos cuentas y lo que te falte se lo pedís a tu hermana o a quien sea. Y no hablés con nadie. Si se entera alguien, me matan.
–(…)
–Yo también te quiero. Tranquilizate y hacé lo que te digo que va a salir todo bien.
Para qué mencionó a su cuñada, la Bruja debe estar intrigado, se recrimina. El otro ni siquiera la conoce, no sabe que en realidad no tiene un mango[9] y encima es una miserable hija de puta que no suelta una moneda ni aunque le den con un fierro. Pero fue lo primero que se le ocurrió. Lo dijo para hacer teatro, como si de verdad estuviera hablando con su señora. Además porque quería medir hasta dónde podía salirse del libreto sin que los negros se dieran cuenta y reaccionaran.
La prueba salió redonda. Y como el villero no le aparta el celular de la oreja, el viejo se arriesga un poco más. Vuelve a repetir las instrucciones punto por punto, que meta la guita en una bolsa, que se siente en el tercer banco de la estación Vicente López, en el andén dirección Retiro, que se suba el tren de las dos menos veinte y deje la bolsa ahí sobre el banco, como si se la olvidara, y que por nada de mundo se de vuelta ni mire para atrás.
–Haceme caso, mi vida. Hacé exactamente lo que te dije que yo en diez minutos con el coche estoy en casa…
El viejo liga otra sonora trompada, esta vez en el pómulo. Pero ya está. Tampoco pretendía decir mucho más. El negro grita al teléfono:
–¡Lo que escuchaste, vieja, porque si no, lo boleteamos! –Y cuelga.
–Encima te hacés el vivo, viejo del orto… –salta el compañero.
Entre los dos le vuelven a descargar una paliza monumental hasta que se cansan de pegar. Y pese a los gritos de dolor, el viejo recibe esta vez los golpes con gusto. Ya la dejó caer. La Bruja tiene las coordenadas y él sabe lo que tiene que hacer. Va a necesitar ayuda, eso sí, porque se tienen que dividir. Uno cazar al negro que vaya a buscar el rescate y hacerlo cantar o, en su defecto, seguirlo. El otro, mientras tanto, tiene que ir peinando la zona. Buscar el auto del Nene para identificar el aguantadero donde lo tienen retenido, en un radio de diez minutos en coche desde su casa. Obviamente, en la villa que está ahí nomás. La cagada es que en la Federal y en la de la Provincia ya no queda ninguno de los muchachos. Fueron cayendo de uno y otro cuerpo con las sucesivas limpiezas. La Bruja va a tener que localizar al que esté todavía en activo, y para eso no tiene mucho tiempo. Lo mejor que puede hacer es traerse gente nueva, algún tipo joven y de confianza…
Para cuando los negros caen rendidos de sacudir tanto el esqueleto, el viejo ya tiene la operación cerrada y con un moñito desde otra dimensión. Está semiinconsciente.
–Listo el pollo… –dice el morocho que da las órdenes–. Ya está, vos andate. Hacé un poco de tiempo y rumbeás para la estación. No seas pelotudo, ¿eh? Si ves que se complica, ya ni vuelvas que me vas a deschavar, que yo acá me arreglo.
El otro responde algo que el viejo no entiende y sale dando un portazo. Espera a sentir el arranque del motor y nada. Ahora sí que se reiría con ganas, si pudiera. Estos villeritos son un espectáculo. Su coche sigue ahí estacionado afuera. Lo único que falta es que pongan un banderín de remate en el alero, que cuelguen una flecha de neón o que directamente llamen a la tele para que venga a cubrir el secuestro.
Lo que sí escucha con toda nitidez es una botella que se destapa y el ruido que hace con la garganta el negro al tragar, la cerveza supone. Después la puerta se abre y cierra otra vez y se queda solo.
A partir de ese momento sí que pierde de a ratos la noción del tiempo y durante las siguientes tres horas el viejo se la pasa en el infierno. No tanto por los dolores, aunque eso ayuda. Es una bolsa de hematomas, tiene varias costillas rotas. El alambre de los tobillos le corta la circulación y no siente los pies. La sangre que le chorrea de la boca y de la nariz se acumula en el interior de la bolsa. Y más que respirar, se atora acompasadamente.
Es su cabeza la que lo tortura. La pesadilla se le instala ahí en cinemascope desplegándole los fotogramas de otro tiempo en función privada. Y el viejo se confunde, se marea, no entiende nada.
Por eso cuando el negro vuelve empuñando la automática y le grita: –¡La hora, referí! Perdiste, viejo. La guita ya tendría que estar acá y este boludo no aparece, así que te voy a tener que llevar a visitar una zanja… –él vuelve a ser el Nene Guglielmero del Grupo de Tareas, el que se lleva a ese zurdo de mierda que está ahí tirado en el suelo, a ese subversivo hijo de puta que apesta porque que se cagó y meó encima.

 


[1] En Sudamérica: joven.

[2] Excremento de aves que se usa como fertilizante.

[3] Habitantes de las villas, el equivalente argentino de las favelas.

[4] De piel o cabello oscuro.

[5] En Argentina: pene. Se utiliza como sinónimo de pendenciero.

[6] Una luca son mil pesos o mil dólares.

[7] En Argentina: desubicado, exaltado.

[8] En Argentina: despreciable.

[9] No tiene un mango: no tiene dinero.

Información adicional

  • Publicado originalmente en:: Matías Néspolo
  • Biografía: (Buenos Aires, 1975). Afincado en Barcelona desde 2001, se gana la vida como crítico y periodista cultural. En 2005 publicó el poemario Antología seca de Green Hills (Emboscall) y la novela Siete maneras de matar a un gato (Los Libros del Lince) en 2009. Ese mismo año editó junto a su hermana Jimena Néspolo la antología La erótica del relato. Escritores de la nueva literatura argentina (Adriana Hidalgo).
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NUESTRA APARENTE RENDICION | 2010

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