NUESTRA APARENTE RENDICION

Sierra Tarahumara, Chihuahua.- La tarde tiene luz. El sonido caudaloso del tren se derrama como si fuera el ruido de la corriente de un río recio que sube y baja las montañas de la sierra. Silbido de acero bordeando blancas manadas de nubes. Los vagones enrielados serpentean abismos y rocas que desde cierto ángulo toman la forma de jirafas, ranas y otros animales gigantes, petrificados para siempre por el paisaje. En cualquier dirección se domina un inmenso panorama: hacia el norte, las montañas; hacia el sur, más montañas que parecen estar suspendidas en el aire. Un empinado e interminable despeñadero se ve al horizonte. La vida fluye a pie. Del olor predominante del aceite se pasa al olor del encino, del movimiento de las máquinas al de las cabras que pastorea una joven indígena mientras camina el crepúsculo del atardecer y se acomoda su pañoleta naranja, el vestido volado por el vendaval. Envueltos en silencio, los rarámuris siembran maíz y fríjol, trozan leña. El sendero empieza a descender. Niños desnutridos corren tras el viento. ¿Cuántas estrellas tiene el cielo? La soledad de muchas noches tarahumaras es dura como esta piedra.

 

La Ciudad, con mayúsculas, está muy lejos de aquí.

 

Endeble. Un tambaleante equilibrio basado en la relación entre el indígena y la naturaleza marca el transcurrir de los días en las comunidades rarámuris. Si no llueve lo suficiente o si los rayos del sol son demasiado severos con la planta, es un hecho que la milpa no crecerá buena. Y si la milpa no sale buena, ¿con qué maíz se hará el pinole? Y si no hay pinole: ¿qué comerá entonces el rarámuri mientras llega la temporada de los hongos y las muchas hierbas? Además, cuando no hay suficiente comida, no hay suficiente energía. El hombre anda flaco y cansado. Y si el hombre anda flaco y cansado, ¿quién sembrará la milpa de nueva cuenta? Y si nadie siembra la milpa, ¿qué comerá la comunidad? Si la comunidad no come, la comunidad se extinguirá, porque se irá de ahí o morirá.

 

Una niña de 4 años de edad está enferma de diarrea por la mañana y al día siguiente sus padres ya están juntándole las pocas cosas que tuvo en vida, para enterrarla con ellas, envuelta en una cobija rota y vieja. Las muertes por desnutrición en estas rancherías alejadas están por todos lados, todos los días. Morir de hambre no es un drama en sí mismo para los rarámuri. Situación crónica, dicen los informes.

 

El drama que sí discuten los Gobernadores indígenas en sus asambleas, lo que ellos no entienden, lo que no se explican a bien es por qué en los últimos 30 años el clima ha cambiado tanto, por qué en Octubre llueve más que en verano, o por qué el verano tiene lluvias en el mes de julio. Por qué ahora llueve mucho menos, por qué se siente que el sol quema más, que hay más calor, por qué la granizada, por qué el soplo aplastante.

 

Y estos cambios climáticos aquí son letales. Hacen que el campo esté traspasado de luz y cansado. De por sí, para donde volteas, en la sierra Tarahumara hay más piedra y árboles que tierra. Los rarámuri llegaron varias decenas de años atrás, desplazados de los campos que tenían allá abajo, en lugares como Ciudad Cuauthémoc y Parral, donde ahora menonitas y empresarios usufructúan cultivos fecundos. “Bienvenidos a la región de la mejor manzana del mundo”, dice un letrero oficial que está a la entrada de las tierras que la “civilización” les quitó a los rarámuri no sin antes ofrecerles quedarse a vivir ahí, pero como peones, siervos.

 

La manera de resistir de este grupo indígena estimado en la actualidad en más de 60 mil personas, no fue enfrentar al invasor. Su resistencia consistió en alejarse, venirse a la sierra, donde el suelo es más forestal que agrícola y donde por entonces no había blancos, mestizos o mexicanos que quisieran cambiarles sus costumbres, imponerles nuevos modos. A los blancos, los mestizos y los mexicanos, los raramuris los llaman “chabochis”. Chabochi quiere decir hombre con arañas en la cara, hombre barbado, pero también significa abusador, explotador, avaro, el que quiere todo para él.

 

 

Fuera del programa oficial de discusiones sobre el cambio climático global, en la comunidad de Sisoguichi, del 4 al 6 de marzo, los Gobernadores rarámuris se reunieron en asamblea general y tocaron el asunto, según su modo. Hablaron de sus derechos como indígenas y de la resistencia cultural, del agua que antes no se vendía y ahora sí, del árbol que ahora se mata y se hace dinero, del aire que antes no era mercancía y ahora sí. La Pastoral Indígena de la Diócesis de la Tarahumara hizo una relatoría del encuentro celebrado en estas montañas.

 

 

¿Qué está pasando en nuestras comunidades?, empezaron por preguntarse los representantes indígenas. Los de los pueblos al Occidente respondieron que los hoteles han contaminado el agua, que el comisario ejidal ha vendido sin consultarlos, que hay saqueo de leña, piedra y amenazas, que no hay participación de la gente en la Iglesia, sobre todo de los jóvenes, que están perdiendo sus costumbres y que hace falta que respeten.

 

 

Los del norte contestaron: Ya no estamos comiendo nuestras comidas, estamos perdiendo la costumbre de las fiestas, no hay presencia de gobernador y no se respetan las fiestas patronales. Y en el centro de la sierra, la preocupación mayor es que los jóvenes rarámuris que emigran cambian sus pensamientos de las tradiciones de la cultura (golpean a las autoridades) e invitan a los chabochis a las fiestas y ellos no tienen nada que ver; se drogan.

 

 

Uno de los indígenas participantes en la reunión, Pancho Palma, tomó la palabra y dijo que los blancos trabajan para ganar dinero, que el dinero crea división y que por culpa de él, los mestizos pelean para ganar un puesto. “Y si nosotros como indígenas seguimos el mismo paso, nos va a pasar lo mismo y se va a acabar nuestra costumbre”.

 

Al poco rato, Rafael Sandoval, el Obispo de la Diócesis de la Tarahumara, les dijo a los gobernadores en asamblea: “Ustedes son los más antiguos en esta tierra y por lo tanto los más sabios. Sus antepasados buscaron sinceramente a Dios y a sus mandatos. Yo les pido perdón porque muchas veces los mestizos hemos negado su religiosidad, su cultura, costumbres, siendo que Dios siempre ha estado con ustedes. Dios lo único que quiere es que sean ustedes mismos. Recuerden que Dios está contento cuando ustedes trabajan, cuando Yúmari, cuando rezan, cuando bailan, cuando tocan. El cielo se alegra. El dinero echa a perder a la gente. Ustedes no acumulan y son más felices”.

 

 

El rarámuri es una persona que sabe compartir. Es muy diferente al egoísmo que hay entre nosotros, platica Javier Ávila, sacerdote jesuita y activista de derechos humanos en la región. La historia del progreso para este grupo indígena, dice Ávila, consta de tres falacias. La primera falacia fue la de las minas. Llegaron y dijeron que la riqueza mineral iba a traer el bienestar a los rarámuris, pero quedaron peor, con cerros agujereados y devastación. La segunda fue el oro verde. En los setentas, empezó la explotación industrial del bosque y quedó peor aún. Menos arroyos, menos agua, menos árboles. “Y el gobierno se pavonea ahora diciendo estúpidamente que les va a enseñar a cuidar ahora el bosque, cuando ellos fueron los que lo destruyeron ¡Por dios!”, se exalta el sacerdote. Ahora, continúa Ávila, aparece una tercera falacia: la falacia del turismo. Como el paisaje se convirtió en un artículo de consumo, ahora hay interés en la sierra, aunque no en los rarámuris. “Yo la verdad no sé donde tienen la cabeza estos señores… o mejor dicho, donde tienen el corazón… Si es que tienen”.

 

 

“Ellos (los rarámuri) cada vez ven con mayor tristeza lo que pasa, que el blanco tenga que engañar y robar para vivir. Ha habido varias reuniones de gobernadores para saber lo que pasa. Han tratado lo que es la autonomía y también el cambio climático en sus reuniones”. Hace unos meses, varios gobernadores indígenas fueron con el sacerdote jesuita y le pidieron su ayuda para gestionar ante el gobierno el retiro de una estatua colocada por el gobierno en El Divisadero, un mirador donde se estaciona el tren, hay un mercadillo, un hotel de gran lujo y desde donde se aprecian las Barrancas del Cobre, definidas como una de las 13 maravillas de México por TV Azteca. Dos perros chihuahueños vestidos con la tradicional banda y las ropas de los raráramuri eran la escultura colocada ahí, el lugar considerado como punta de lanza de la nueva falacia de la sierra, como le llama Ávila a los proyectos megaturísticos. “Hay un gran proyecto turístico aquí en la Tarahumara y lo que menos le importa al gobierno, en este tipo de proyectos, es lo social. Este nuevo proyecto económico neoliberal tiene el camino del engaño. Dicen que va a venir mucha gente y para esa gente, el indígena es borracho y es flojo. Esa gente nunca ha venido a conocerlos directamente, más allá de estereotipos”, arenga el cura defensor de derechos humanos.

 

¿Y qué reacción se prevé de los rarámuri?: La reacción –contesta Ávila- quizá será la que ha sido siempre. Callarse y retirarse. El raramuri no es agresivo, no saca la metralleta y dice: ¡Ya basta! Así ha sido en la historia, tras el engaño de la minería primero, de la industria forestal luego. Ellos confían y luego se ven engañados y se alejan. Ahora tal vez ocurra lo mismo. O no.

 

Un antiguo seminarista que lleva viviendo treinta años en la sierra, Luis Octavio Híjar piensa que el rarámuri es distinto al indígena del sur, el cual suele ser menos dejado. Este hombre que coordina proyectos en la Fundación Tarahumara José A. Llaguno, cuenta que desde que llegó a vivir acá, ha presenciado una enorme cantidad de abusos en contra del indígena. “Nosotros veíamos cómo llegaban las producciones de Hollywood, cómo venía la raza y se los fregaba, porque los filmaba y se metía a sus comunidades y en lugar de darles algo de lo mucho que sacaban con sus películas, sólo los aprovechaban y se utilizaban, pero a los rarámuri no se inquietaban por eso. Para los rarámuri, entre más tengas, está más mal visto”.

 

¿Cómo escribir un reportaje sobre lo que sucede en esta sierra Tarahumara, sin caer de alguna forma en eso, en escribir sobre los rarámuri con un toque de drama, algo de comedia y un poco de acción, la fórmula hollywodesca que quiere el consumidor? Le hago esa pregunta a Híjar. Cómo lo haría él. Y me dice que en un artículo sobre los rarámuri, lo primero que haría sería decir lo que significa la pobreza y el hambre para ellos, porque para ellos el hambre significa cuando no hay maíz. Y con nosotros es diferente. Para nosotros pobreza es el que no tiene drenaje, agua, luz, pero cualquier indígena carece de eso. Para ellos, pobre es aquél que desea algo y no lo tiene. El rarámuri quiere comer. Para él comer es tener comida y tener comida es tener maíz. Y ya. El rarámuri no se siente pobre. Le da lástima el chabochi, porque él es hijo de dios, y el chabochi es el hijo del diablo.

 

Mira – me dice con su voz algo enronquecida- la liberación de los rarámuri es que los dejen ser como son.

 

Platiqué sobre eso con un matrimonio de rarámuri que se había ido a la ciudad de Chihuahua por una temporada. Él era albañil. Ella era sirvienta en una casa. La impresión de Chihuahua que habían conservado en su mente era la de un sitio donde solamente se hablada de dinero y el dinero servía para todo, en especial servía para vivir. Sin dinero no se podía vivir, no se podía conseguir comida, no se podía caminar en algunos lugares, ni sentarse en otros y ni siquiera se podía beber agua. Con dinero sí podías hacer cualquier cosa: el que tenía dinero compraba valor y era valiente, aunque fuera un cobarde.

 

Estudios antropológicos relatan que antes de que esta región fuera ocupada por los mexicanos, los rarármuri ignoraban la existencia de la pobreza. Varios indígenas cristianizados creen el infierno está tan abundantemente poblado de mexicanos que ya no queda lugar para los indígenas, y que los mexicanos que no han cabido allí, se han salido a molestarlos a ellos.

 

El investigador Rodolfo Stavenhagen, ha escrito sobre las visiones de “ayuda” que han existido en torno a los rarámuri, por parte del mundo “occidental”. Una es la culturalista, que dice que para su propio progreso, los rarámuri tienen que destruir su cultura con la ayuda de los agentes externos; otra, la clasista, que dice que los rarámuri tienen que romper con su cultura para emprender la lucha de clases y conseguir su liberación; y una tercera, en relación con la presencia del colonizador interno, la cual solo una transformación socialista, podría hacer desaparecer los elementos distintivos de su economía precapitalista y cambiarlos.

 

Con una mirada distinta a la de Stavenhagen, la mirada de un poeta, el escritor surrealista francés, Antonin Artaud, después de recorrer a caballo la sierra tarahumara durante un mes, escribió que los rarámuri “viven como si estuvieran ya muertos”. En ese verso pensé cuando conocí a Sandoval Moreno Batista, el indígena de más de 80 años que se bajaba de la camioneta que recorría un empedrado y confuso camino cuesta arriba, en una de las tantas partes de la sierra donde no existen las carreteras oficiales, si no las que la gente ha ido improvisando.

 

A simple vista, a la redonda solo había arbustos, encinos y uno que otro madroño que coloreaba de rojo la mañana cubierta por nubes y sol. Sandoval Moreno Batista, despacio, agarraba de la caja del vehículo el palo que usa como bastón, se despedía con una voz calladita de su sobrina Catalina Batista y de nosotros, los demás tripulantes.

 

Y empezaba a caminar la montaña.

 

Sandoval empezaba a andar encorvado entre la maleza de la serranía, rumbo a una comunidad que queda a 6 horas a pie de donde estábamos. Seis horas para los indígenas de la región, pero que para un extraño podrían ser hasta un día entero de trayecto. “Va a buscar a su hermana a ver si le da algo de maíz”, comentó Catalina Batista, su sobrina, quien colabora en la Diócesis de la Tarahumara como promotora de salud.

 

El viejo Sandoval tiene el ojo izquierdo a punto de cerrársele por completo. Ya casi no ve nada. Las travesías que suele hacer, lo han dejado en otras ocasiones, al borde de la muerte. “Una vez desapareció durante dos días y fuimos a buscarlo por todo este camino hasta que lo encontraron acostado en la tierra porque le había picado una víbora”, contaba “Cata”, mientras la bióloga Mariel Ramírez encendía el motor de la camioneta que nos llevaba a Raramuchi, una comunidad instalada en la parte más alta de una de las cumbres. “Mi tío se salvó con unos remedios que se le hicieron. Y ahí anda otra vez”, relataba Catalina. Para ese entonces, Sandoval Moreno había desaparecido por completo de nuestra vista, se había internado en la inmensa sierra.

 

Al llegar a Raramuchi, finalmente, después de un recorrido de un par de horas en el coche, conocí a otro anciano indígena, que resaltaba por su cuerpo algo fornido, en medio de decenas de niños desnutridos. Se llama Ramiro Juan y traía una bata blanca de doctor, con la leyenda del Instituto Mexicano del Seguro Social, a la altura del hombro izquierdo. Era el Owiruame, como se le llama en rarámuri al curandero tradicional.

 

“Ellos no están enfermos. El mundo es el que está enfermo”, me dijo en un lento español después de que yo le explicara con palabras y señalando a los niños desnutridos que hacía fila con sus madres igual de mal alimentadas, en torno de la nutrióloga Adriana de la Peza, quien repartía leche en polvo. “El mundo está enfermo. Ya no hay la lluvia mucha y el maíz no sale. Ya no tenemos el maíz”.

 

Detrás de Ramiro Juan, un rebaño de cabras, pastoreado por una mujer, parece que camina entre las nubes. Las cabras no encuentran ninguna hierba que puedan arrancar de la tierra para alimentarse. Están muy flacas. Siguen buscando, caminando la nube.
El hambre como ley de vida.

 

twitter.com/diegoeosorno

 

 

 

 


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NUESTRA APARENTE RENDICION | 2010

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