Tú y yo coincidimos en la noche terrible

JOSÉ MANUEL NAVA SÁNCHEZ

El testigo del ‘asalto final’

 

La tarjeta 776 que los encargados de comunicación social de la Procuraduría de Justicia del Distrito Federal [PGJDF] redactaron el 16 de noviembre del 2006 dice: “José Manuel Nava Sánchez, de 52 años de edad, fue encontrado esta mañana apuñalado en su departamento de la calle Varsovia número 3, interior 201, colonia Juárez, delegación Cuauhtémoc. El cuerpo fue hallado a las 09:00 horas por su sirvienta Remedios Sánchez, quien lo encontró en la sala del domicilio rodeado de sangre en la cabeza y pecho. De inmediato dio aviso a la administración, donde solicitaron el apoyo policiaco. El fiscal de homicidios y peritos de la PGJDF acudieron al lugar y observaron que visiblemente presenta dos heridas por arma punzocortante, una en el cuello y otra en el tórax. La hermana del occiso, Silvia Nava Sánchez, de 64 años de edad, declaró que José Manuel vivía solo y que el día de ayer presentó su reciente libro Excélsior, el Asalto Final; además el día de hoy le publicaron un artículo en el periódico El Sol de México”.

Fue todo. Sólo tres párrafos para contar la muerte del periodista que había sido el último director del periódico Excélsior en su etapa de cooperativa. Ningún detenido, ningún avance en la investigación. Ni en lo que faltaba del 2006, ni en todo el 2007, 2008, 2009, 2010, 2011... Nada tampoco para los meses que siguen corriendo del 2012.

Ni siquiera cambiaron la fecha en que el periodista asesinado había presentado su libro, exactamente nueve días antes, en el Orfeo Català de Mèxic el 7 de noviembre.

“Caso no resuelto”, dicen las autoridades de la PGJDF, que para los días de mayo del 2012 son todas nuevas. Pues quien era Procurador, renunció porque quiere ser el nuevo Jefe de Gobierno.

Los puestos cambiaron pero los expedientes quedaron igual: inmóviles.

Victoria Martínez, administradora de Varsovia 3 desde hace más de treinta años, y quien fue la persona que aquel 16 de noviembre llamó a la policía, lo tiene claro: “Con los periodistas que matan en este país, no pasa nada. Se mueren y ahí queda, o no?”. No se le puede desmentir. “Y eso”, dice, “que había muchas sospechas que lo habían mandado matar, pues había tenido el problema con Excélsior. El era muy discreto, muy decente, muy formal, pero se sabía también que era homosexual y pues lo agarraron por su parte más débil”, señala Martínez, quien está al corriente de que la pista más fuerte del asesinato de Nava Sánchez por parte de la PGJDF era por robo, pues dicen que esa noche junto con él había llegado otro hombre de los llamados chichifos, los sexoservidores que hay por la Zona Rosa.

A José Manuel Nava Sánchez nada pudo evitar que la noche entre el 15 y 16 de noviembre lo mataran. Ni su posición profesional, ni su posición geográfica, pues de la puerta del edificio donde estaba su departamento a la puerta del edificio de la Secretaría de Seguridad Pública, siempre vigilada, sólo los separaban cincuenta y cinco pasos.

Pero nadie vio nada, nadie grabó nada a pesar de que en la calle hay cámaras de vigilancia y el mismo edificio de Varsovia 3 cuenta con equipo de circuito cerrado. Ese día no servía.

De nada le valieron sus veintidós años que fue corresponsal en Washington para Excélsior, ni los dos que fue director del mismo diario. Tampoco importó que hubiera sido el autor de los libros El Vortex del Mal, donde narra la llegada de George W. Bush al poder, y Excélsior, el asalto final, que había presentado días antes de su muerte y donde expresó “su decepción por el engaño del que fue objeto por parte de Olegario Vázquez Raña (Propietario de Excélsior) en lo referente a la suerte del periódico y de sus trabajadores”.

De hecho, para algunos fue ese libro el que lo marcó.

“Excélsior fue vendido en condiciones de extrema irregularidad... y con los socios cooperativistas con los ojos vendados por el hambre y las falsas promesas”, dice en la introducción de su libro. En sus páginas, Nava Sánchez detalla su propia experiencia al frente de un periódico cuyo desplome, sostuvo, se debió a que se “confabularon tres factores: la traición interna, el gran capital y la complicidad del gobierno del presidente Vicente Fox”.

De aquella noche, sólo queda un testigo: Cabo San Lucas, el gato que tanto amaba José Manuel y que fue adoptado por la administradora Victoria Martínez.

Lástima que los gatos no hablen. 

 

Información adicional

  • Autor/a: Cynthia Rodríguez
  • Bio autor/a: Periodista mexicana independiente, corresponsal en Italia.

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